Por: Alberto Aldrete Valdez

Para algunos el inicio de un nuevo año, de un nuevo número que caracterice el final de todas las fechas y documentos, puede significar que todo empieza, que se hizo “borrón y cuenta nueva”.
Sin embargo no existe tal borrón, pues iniciamos el nuevo año con las deudas pendientes, con el mismo carro (a no ser que hayamos comprado uno nuevo), con el mismo esposo o esposa, con los mismos hijos y padres…
Una serie de parámetros permanecen ahí, inmutables, y nos recuerdan con nuestro nombre y apellido inalterables, que algo (o mucho) continúa, que recogemos el pasado y con él iniciamos la navegación incierta, y normalmente llena de esperanzas del año nuevo.
En momentos especiales como estos, conviene no tirarlo todo por la ventana, pero tampoco es oportuno sentirnos atrapados por el pasado, condicionados por lo que ha ocurrido.
Mucha literatura psicológica nos ha ido “condicionando” hasta el punto de creer que muchos de nuestros actos, incluso aquellos que creíamos más libres, más creativos, no serían sino consecuencia de la acción que el “inconsciente” sigue ejerciendo sobre nosotros, como un dueño y señor misterioso y tremendo de nuestro destino, por más que no nos demos cuenta de su poderío.
Frente a los que creen tener un folio en blanco cada año, y a los que creen que ya está todo escrito y fijado en nuestra psicología (o en el horóscopo, que viene a ser lo mismo), hemos de contraponer una visión más serena y equilibrada del ser humano, una visión que deje su lugar a la historia sin negarle su puesto a la fantasía y creatividad.
El pasado, sí, nos condiciona, pero no nos esclaviza, como decía un psicólogo, condicionamientos no sólo no eliminan la libertad, sino que son como la gravedad que nos permite caminar libremente por la vida.
Una visión realista debe hacernos comprender que hay que asumir con responsabilidad lo que somos y tenemos, las carencias y las cualidades, los fracasos y los éxitos anteriores, los cariños y los rencores, para, desde ahí, sin cerrar los ojos, preguntarnos con sencillez: ¿a dónde quiero llegar en este año que empieza?, ¿Qué deberes he heredado del pasado?, ¿Qué expectativas me rodean y orientan mis respuestas para el futuro?.
Un año nuevo inicia en pañales; lo acogemos con el temor de quien recoge a un recién nacido. Pero lo tomamos desde las canas, las arrugas y las cicatrices que nos han dejado los muchos o pocos años que hemos transcurrido en este planeta.
Quizá al empezar este año nuevo y volvamos los ojos a lo que fue el anterior, podamos respirar, con orgullo, al ver que algo ha mejorado, que el amor ha crecido, que la justicia ha sido más completa, que los rencores han empezado a ceder el paso a la generosidad del perdón.
Quizá, Dios no lo quiera, tengamos que ocultar el rostro ante un año perdido en nuestro enriquecimiento integral. Cuando el calendario tiene números bajos en el mes de enero (el mes primero, el mes más tierno), podemos trazar planes atrevidos, hacer propuestas de superación y de conquista.
Desde lo que somos y tenemos, para que seamos un poco más y hagamos a quienes viven a nuestro lado un poco más felices.

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