Por: Francisco García Navarro
PTO. PEÑASCO SON.

Me encuentro en las oficinas de la Sra. Esperanza Valles, ella platicaba con Don José Márquez e inmediatamente vinieron a mi mente una serie de preguntas para el ya que su trayectoria en nuestra ciudad es muy interesante y muchos lo recuerdan por querer el bien para todos los que lo rodean. Tuve el placer de conocerlo y presentarme con el, y posteriormente se dio una conversación larga y amena de la cual platicamos de todo un poco.
Sus principios
Don José Márquez Sánchez nació el 5 de Mayo de 1930 en el Golfo Santa Clara, Sonora. Sus padres, Marcos Márquez Murrieta, originario de Guaymas y Candelaria Sánchez Herrera originaria de Tepuche, Sinaloa, se conocieron en Guaymas y se casaron ella a sus trece, el a sus veinte años de edad. Don Marcos era de gente acomodada en Guaymas, es decir que había solvencia económica, tenia buena relación con el gobernador José María Maytorena, en aquel entonces. El arreaba y surtía el ganado de su padre y también tenia media cuadra de comercios en Guaymas. “En aquellos tiempos las tiendas eran muy diferentes a las de hoy. Mi abuelo era el único que cruzaba entre los Yaquis cuando andaban alzados, el llegaba con ellos y dormía, de tanto andar a caballo se enfermo y murió” Me comentaba Don José. Su abuela, Elena Murrieta, nació en trincheras. Su padre, Don Marcos, fue vaquero y aprendió a ser matancero de ganado, posteriormente fue pescador en Guaymas. “Mis papas se vinieron a Puerto Peñasco en pangas con vela y remo, después se fueron al Golfo en una carreta y caballo, con gallinas y sartenes, al estilo de antes, ahí estuvieron mucho tiempo”. Después se fueron a Mexicali donde Don José, se crió y paso su juventud. Don José es el penúltimo de 11 hijos, sus hermanos son Armando, el mayor Ubaldo, Marcos, Martín, Dionisia, Fernando, Domingo, Rafael, Ventura y Elena Márquez Sánchez, la menor.
HISTORIA
En 1939 hubo una repartición de tierras en Mexicali ya que una empresa americana, Colorado Riverline Company, se adueño de las tierras, y el gobierno mexicano intervino para que las familias se establecieran y formaran ejidos. A su familia le toco una parcela a tan solo cien metros del Río Colorado. “Yo conocí el río colorado cuando venía a su máximo. Mi papá no me dejaba arrimarme por que era muy peligroso”. Comentaba Don José de su infancia. De niño aprendió a sembrar sandia, melones, maíz, elote, frijol, y calabaza, ya que cada año que se venían las vacaciones de verano para los niños de primaria, se lo llevaba su papa al rancho que tenían. Tenía nueve años y uno de sus hermanos se enfermo, para lo cual su papa termino vendiendo todo lo que tenia en el rancho, vacas, chivos, etc. Cuando vendieron todo, la familia se regreso a Mexicali y su hermano Martín consiguió un terreno en La Pólvora, a treinta kilómetros de Mexicali, donde volvieron a tener ganado. “Lograba matar a las vacas sacando los becerros vivos todavía”. De ahí volvieron a tener una estabilidad con más de 35 reces de ganado.
Don José Márquez, de niño se iba con su hermano Martín, con quien aprendió a sembrar, cultivar y pizcar algodón. Otros hermanos, Fernando que le decían “el pellejo” y Rafael que le decían “el chino pellejo”, lo invitaron a Peñasco, ya que vivían aquí. “Esa fue la primera vez que me vine a Peñasco, si no me equivoco era 1943, y la carretera era pura terracería de Mexicali hasta Santa Ana, cosa curiosa que de Sonoyta a Peñasco había carretera, llegue cuando aquí le decían “el piojillo” ya que no había mucha pesca”. Ya en el puerto, Don José paso días sin comer ya que sus hermanos mas grandes ya casados tenían problemas con sus esposas y no había comida en sus casas, entonces escribió una carta a su mama pidiéndole dinero para el pasaje de regreso a Mexicali, el era muy chico todavía. Su madre le mando diez pesos de aquellos, pero gano mas el hambre, se lo gasto en comida. Volvió a escribir y le mandaron de nuevo diez pesos con los cuales compro el boleto de tren hasta la estación Kilómetro 43, ya en Baja California. Pedía dinero “prestado” con lo que junto para irse hasta Mexicali de regreso. “Cuando iba llegando, escuche a mi mama que le preguntaba a una señora, ¿No es el “Cucuriquito” ese que viene allá? Me decían así por chico ya que siempre fui así desde que naci, y se me quedo “el curuco”, me comentaba Don José con expresiones alegres. Su madre le preguntaba que si que tenia, que si estaba enfermo y el le decía que no, que lo único que tenia era hambre. “Me dijo mi mamá, ¡Vente pues! Y empezó a prepararme comida, lo típico unos frijoles con unas tortillitas y mientras cocinaba me decía, cuando venga Fernando me las va a pagar, tu no vuelves a Peñasco con él”.
A sus veinte años regresó a Peñasco con su hermano Rafael, para trabajar como leñero, cargaban leña de palo fierro. “Yo entraba para el Pinacate, nos íbamos a las tres de la mañana y para las ocho de la noche traíamos el troque lleno para venderlo en ciento ochenta pesos a los ferrocarrileros”. Como leñero conoció a familias como los Apodaca, los Pineda, los Salazar, los Rico. También vendía leña suelta.
SU PROPIA FAMILIA Y REGRESO A PUERTO PEÑASCO
Para ese entonces se casó con Jovita Corral Nevares, nacida en 1935, tuvieron diez hijos: Isabel, Marco Antonio, Adelita, Luz María, Malena, José, Francisco, Yessenia, Martina y Cecilia, de los cuales varios viven aquí en Peñasco y otros viven en San Luis, Mexicali, Casas Grandes y Phoenix. Es abuelo de 38 nietos y tiene ya también tataranietos. Cada vez que Don José venia a Peñasco, siempre fue acompañado por la Sra. Jovita pero ella se regresaba a Mexicali. No era mucho de su agrado que Don José estuviera siempre en actividades de la CTM mas el trabajo de pipero ya que el tiempo no les alcanzaba para estar juntos y solo lo veía a la hora de la comida. Aun así siempre lo ha apoyado en todo. “Yo me sentía cada vez mas rica por que no me faltaba lo mas principal que era el agua y leña, además siempre pudimos brindarles a los que se les terminaba” me comentaba la Sra. Jovita. “Yo lo acompañe en todos los actos de la CTM y del PRI, Tuve el honor de conocer al Secretario General de la CTM, Don Fidel Velázquez y a nuestro amigo Secretario de la Federación del Estado, Don Manuel R. Bobadilla, con el cual llevamos una amistad muy grande hasta su muerte, cuando ellos venían a Peñasco como diligentes de la CTM, siempre visitaban nuestra casa y nosotros los atendíamos llevando una estrecha amistad, de igual forma con Nicolás Rocha Valenzuela, Ricardo Valencia, ex secretario de la federación, así como Don Arnulfo de la Torre el “Jarritos”, el ex diputado Oscar Ulloa y ¡un montón de amigos que tenemos!”.
Cuando el padre de Don José murió, él tenía veintidós años, se regresó a Mexicali, pero su hermano Fernando le pidió que se regresara al Puerto para trabajar con él, ya que estaba a cargo de una cantina llamada “La Conga Roja”. “Mi hermano me decía que quería que yo fuera cantinero, pero en verdad yo no sabia nada de eso, es mas ni tomaba. Ahí empecé a tomar”. Trabajando como cantinero conoció a mucha gente, el Maestro Pastor, otros que les llamaban por su sobrenombre, el “diablo”, el “coronel” el “cochi” y muchos mas. Comenta Don José, que a veces cerraban la cantina para irse a dar una vuelta. Cuando se venció el tiempo de renta del local donde estaba la cantina, otro hermano, el “chino”, le ofreció irse de pescador ya que había comprado un barquito, tenia como nombre el Santa Ewduvige, el cual les sirvió para la pesca de camarón en la bahía de la Choya. “Nosotros no traíamos “güinchi”, y la bolsa de camarón la jalábamos a pulmón”, se refería Don José para decir que todo lo hacían con fuerza física.
Su vida era muy movida, ya que llegaba al puerto, regresaba a Mexicali, y volvía a regresar al puerto, no pasaba mucho tiempo en una sola ciudad. Después de haber ido y vuelto de Mexicali a Peñasco una vez mas, trabajo como pipero, repartiendo agua en las casas, de la cual vendía a dos pesos el tibor, que eran doscientos litros. El agua la sacaban del pozo Camargo. “Llegue a conocer todos los pozos de donde sacaban agua dulce, unos los echábamos a andar jalándole las bandas que por cierto, me agarre los dedos una vez, no era agua muy dulzona pero se podía tomar”. Después vino el Sr. Mario Hernández, que puso una hielería por medio de un pozo, era más fácil y mas rápido sacar el agua, llenaban toda la pipa y Don José duro mucho tiempo trayendo agua de ese lugar. “Cuando no había mas para sacar, teníamos que ir hasta Sonoyta a traer el agua, ahí lo dábamos a diez pesos el tibor, ya que había veces que se congelaban las tuberías y pues para calentarlas, a ¡prender fuego se ha dicho!

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